Un viaje a la Luna

—¿Sabe quién es?

La enfermera que acaba de hacer aquella pregunta a una mujer de pelo cano, mirada azulada acuosa y faz relajada, la observa con ternura. Ante las dos, impertérrito, un tipo alto, de aspecto cuidado, bien peinado y unos ojos también azules tan líquidos como las gotas que resbalan por los cristales de la ventana. Un día que ha amanecido lluvioso, muy desapacible.

—Pues, ahora que lo dice…

El tipo sonríe. En la mano sostiene un teléfono móvil que comienza a manipular. Pasados unos segundos, se dirige a la mesa de la habitación —pequeña, funcional. Una cama y un armario completan el mobiliario—, donde lo deposita. Al instante, el ruido de la lluvia, que cae con fuerza en el exterior, queda en segundo plano. Las notas de una canción. La sonrisa de la mujer de pelo cano se ensancha conforme las escucha. Le gusta. Busca a la enfermera con la mirada.

—Es el hombre que la lleva todos los días a la luna.

—¿A mí? —pregunta ella.

—Es hora de viajar —le dice él ofreciéndose para ayudarla a levantarse.

—¡Claro, vaya con él!

La pareja comienza a bailar. La enfermera los observa en silencio. Conoce la canción, incluso la tararea —«Fly me to the moon and / Let me play among the stars / Let me see what spring is like / On Jupiter and Mars»—. La Luna, Júpiter, el viaje. Ese viaje que ambos hacen cada mañana nada más levantarse. Una manera como otra cualquiera de empezar el día, se podrían pensar. Acabada la canción, el hombre lleva a la mujer junto a la enfermera. La mira con afecto.

—Y mañana otro viaje, ¿verdad, Ángela?

—¿Vendrá usted también?

—Claro que vendré —le asegura el otro. Sus ojos brillan mientras su alma chilla un dolor que le devora desde que su mujer perdió el último atisbo de conciencia. Viajes a la Luna sin más recompensa que esa mirada azul, sin rastro de la devastación que le enamoró, pero que siguen diciendo tantas cosas a pesar de que su cabeza no sabe cuáles son. Como que todos los días su marido la siga llevando a la luna.

Hoy hace 103 años que nació en Hoboken (Nueva York) un tipo llamado Frank Albert Sinatra que sigue invitándonos a viajar a la Luna siempre que queramos. Por los siglos de los siglos.

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