Carlos II de Inglaterra, peor que Íñigo Montoya

Carlos II de Inglaterra.

Hay gente con una inquina que para qué; rencorosa a más no poder, capaz de llegar a donde haga falta con tal de dejar las cosas claras. Aquí mando yo y todos chitón. Quien replique, allá con las consecuencias. Sin ir más lejos, Carlos II de Inglaterra. Por contextulizar las cosas, a su padre, Carlos I, le cortaron la cabeza el 30 de enero de 1649 por alta traición y cometer altos crímenes, entre otras cosas. Cosas de las revoluciones. De hecho, durante su reinado hubo de todo menos tranquilidad. Buen rey, con porte y culto, sin embargo de él dicen era un tanto pedante, desconfiado y mentiroso, y eso no gustaba a mucha parte de la población. Me tienen envidia, decía él, a por ti que vamos a ir, se decían unos y otros por lo bajini. Así que, poco a poco, la revolución, alentada por Oliver Cromwell tras hacer chup chup durante un tiempo, se lo llevó por delante.

Lo ejecutaron, estaba diciendo, y por costumbre el verdugo solía levantar la cabeza del ejecutado para mostrársela al populacho para regodeo y chifla general. «¡Miren la cabeza de un traidor!» y tal, solía soltar el colega. Eso sí, con Carlos I tuvieron la deferencia —por cortesía de Cromwell—, de coserle la cabeza al cuerpo para que la familia pudiera velarlo. Un detalle, oigan.

Ahora, lo de la inquina, el odio, la venganza y todo eso. Lo de Íñigo Montoya —La princesa prometida. Ya sabéis, “Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate para morir”—, se queda corto. Ni a la altura de los zapatos con lo que perpetró el hijo del ejecutado, esto es Carlos II de Inglaterra; que fue restituido como rey el 29 de mayo de 1660. Decretó una amnistía para los seguidores de Cromwell mediante un acta llamada Acta de Inmunidad y Olvido, y parecía que empezaba bien la cosa. Para congraciarse con el pueblo y demás, peeero… A los cabecillas de la revolución y todo aquel que tuvo algo que ver con la muerte de su padre, tela telita.

Para empezar, juró que nanay a eso de perdonar a los jueces y autoridades que ejecutaron al padre, a algunos de los cuales ya se llevó por delante cuando subió al trono y a otros los mandó al talego de por vida; y después ordenó someter a la indignidad de una ejecución póstuma a los cadáveres de los cabecillas de la revolución, esto es, John Bradshaw y Oliver Cromwell.

Y ahí llegamos al 30 de enero de 1661. Ese día, Carlos II, con sus santos cojones —para eso era rey—, estando fresco el aniversario de la ejecución de su padre, ordenó que se exhumara el cuerpo de Cromwell de su tumba en la Abadía de Westminster para someterlo a la ejecución póstuma que tanto le ponía. Que fue para verla, oigan: los restos de Cromwell fueron colgados de cadenas en la Plaza de Tyburn durante horas para, después, decapitarlo y lanzarlo a una fosa. Y la cabeza, exhibida en lo alto de un poste alto colocado en el tejado de Westminster Hall; de la que no fue bajada hasta 1685 para pasar de manos en manos —que si un soldado curioso, que si un actor, que si un coleccionista…— hasta que, al fin, alguien se decidió a enterrarla en los terrenos del Sidney Sussex College, en Cambridge, donde Cromwell había estudiado. En 1960, ojo.

¿A que se queda corto lo de Íñigo Montoya? Claro que a frialdad —peor que un invierno en Molina de Aragón— y a saber cómo repartir las habichuelas nadie ganaba al monarca.

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