Días que no merece la pena levantarse de la cama

Era la chica más guapa del local. Lo podía afirmar sin dudar. Él vio, escrutó y miró a todos lados hasta que la encontró. Iba acompañada, aunque eso poco le importaba.

Le gustó su forma de moverse, la sonrisa siempre en la boca —ni grande ni pequeña— y unos ojos almendrados muy abiertos. Ella bailaba con una amiga a la que la naturaleza no otorgó la belleza de la otra. De faz insípida, llevaba el pelo cortado al estilo garçon. Demasiado hombre, caviló sin dejar de acercarse a su deseo en forma de mujer. La que le importaba lo llevaba largo y le colgaba por la espalda. De un color negro intenso, se imaginó acariciándoselo por toda la eternidad.

Él pasaba por allí, había abierto las puertas del local —zona de bullicio juvenil. La edad media era inferior con mucho a la suya—, y había decidido quedarse para probar suerte.

Había sido un mal día.

Varios de sus clientes habían perdido hasta la vergüenza esa jornada. Y todo por su culpa. Una mala decisión, y cientos de miles de euros a la basura. Era parte del juego al que jugaba todos los días; unas veces —casi siempre— ganaba y otras —como ese día— tocaba compartir penas con la derrota. Quería darse una alegría. Alguna vez le informaron del local, de la gente que allí acudía, de las mujeres que se concitaban en el lugar. Incluso varias le echaron el ojo. A sus cincuenta años todavía era un hombre atractivo y acudía al gimnasio tres veces por semana. Se dejó querer, guiñó ojos aquí y allá, hasta que la vio y dio la búsqueda por terminada.

Dos parejas se interponían entre él y su destino. La música cambio de ritmó y se volvió más intensa, de ritmo frenético. Ella y su amiga levantaron los brazos y se dejaron llevar por la ola de entusiasmo que se había apoderado del local. Lo que sonaba era uno de los temas de moda del momento.

El hombre se detuvo.

Quiso contemplarla mejor en la distancia. Los ojos almendrados resultaron ser oscuros, tan negros como la noche más profunda. Una delicada capa de pintalabios adornaba los suyos, algo más carnosos de lo que antes había atisbado. La vio pasarse las manos por detrás de cabeza, cerrar los ojos y jugar con el pelo, que adoptó mil y una formas entre sus dedos.

Él suspiró.

Apartó a una de las parejas y siguió aproximándose a ella. La amiga era fea de narices. Cuanto más se acercaba, más cuenta se daba del detalle. Fea hasta decir basta, sonrió él con malicia. Pero la otra no se despegaba de ella y eso le obligaba a desplegar una doble estrategia: cómo espantar a lo que consideraba un bicho sin que, a su vez, la que le interesaba se marchara. Una invitación en la barra, algo de palique y llegado el momento, puerta. La que nunca le fallaba. Esa sería su estrategia. Se hizo paso entre la segunda pareja que dificultaba el objetivo y esgrimió una de sus irresistibles sonrisas. El truco triunfador.

La canción terminó y con ella el baile de la preciosa muchacha, que volcó la boca en la de su amiga para enzarzarse ambas en una danza que pronto levantó aplausos entre los más cercanos a la pareja de chicas. Cuando terminaron, la morena reparó en un tipo trajeado y de buen aspecto que las miraba con la boca muy abierta. Y le miró con rostro adusto:

—¿Te pasa algo?

Al no obtener respuesta, siguió bailando con su amiga mientras el tipo se dio la vuelta y salió a toda prisa del local; convencido de que había días en que lo mejor era no levantarse de la cama.

Discos2

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