La batalla de Gettysburg

Tal que un 3 de julio de 1863 terminó la batalla de Gettysburg, donde confederados y unionistas se dieron lo que no está en los escritos y más, y que acabó con cerca de 7.000 tipos que se quitaron de fumar y de cualquier otro asunto. Así, como quien no quiere la cosa. De heridos y desaparecidos también fue servida la cosa —27.000 de los primeros y 11.000 de los segundos—, pero como lo que llama la atención es el número de los que la palman, pues que vaya siempre por delante.

La batalla de Gettysburg hay que encuadrarla en esa riña entre sí que se dedicaron los americanos durante unos años a mediados del siglo XIX —sí, que no somos los únicos en eso de matarnos los unos a los otros—, y que ha venido a llamarse Guerra de Secesión. O lo que es lo mismo: los del norte contra los del sur, porque estos segundos querían seguir adelante con la esclavitud, cosa que los primeros —que dónde vais con esto, cenutrios, etcétera— no aceptaban. Y se lio parda. Concretamente, entre 1861 y 1865.

La batalla, decía. Los confederados venían más chulos que un ocho después de derrotar a los unionistas en Chancellorsbville, y se echaron para adelante. No hay huevos. Pues eso pensó el general Robert E. Lee, pero los unionistas les dieron de lo lindo en Antietam, y como que se lo pensaron mejor. Nos replegamos, seguimos pegando unos tiros por ahí, y luego ya veremos. Y ese luego fue otra intentona de los confederados, y esta vez lo intentaron por Pensilvania; a ver si con suerte les atizamos de lo lindo, hasta en el cielo de la boca si es preciso, y les obligamos a firmar la paz.

Así que cerca de 75.000 hombres se pusieron en marcha y se presentaron en Pensilvania. Hola, aquí estamos, y eso. Lincoln, el presidente de la nación, encomendó al general John Meade que los detuviera como fuera, que se podía liar parla de no conseguirlo. Y se lio, vaya que si se lio, porque los dos ejércitos se encontraron una pequeña ciudad, Gettysburg, allá por el 1 de julio de 1863.

¿Qué por qué allí? Porque había calzado para aburrir, de lo que los confederados andaban un tanto justos. Los soldados de Lee dijeron esta es la mía, como el protagonista de Pero qué hermosas eran, del Maestro Sabina —aquello de «quitándome las botas dije esta es la mía». Por precisar— y se fueron a por ellos.

Total, tres días de tiros por aquí y cañonazos por allá que acabaron con el balance citado en las primeras líneas de este artículo. Los confederados de Lee se pensaron mejor eso de atacar a los unionistas en su terreno; que desde entonces, y despasito, fueron tomando posiciones hasta ganar la guerra.

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