De la muerte de Marconi

Sí, que hoy se cumplen cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna ―que ahora hemos sabido que su superficie huele que apesta. Algo así como a pólvora quemada―; lo de un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad. Incluso un periódico madrileño se ha atrevido a evocar la efemérides para compararlo con un partido de fútbol que habrá esta noche. Angelitos. Pero hoy también se cumplen 82 años de la muerte de Guglielmo Marconi, el pionero de la radio, y uni de sus mitos, de aquellas personas a las que admira.

Guglielmo Marconi

La palmó en Milán, pero lo que seguramente no sepáis es que lo pudo hacer muchos años antes, camino del fondo del mar matarile junto al casco del Titanic y haciendo compañía a todos los pasajeros que arrastró en su hundimiento. Vamos con ello.

Lo de que tanto Marconi como su mujer se libraron ser ejemplos de extras para la película de James Cameron lo relató su hija Degna. Por aquella época ―1912― la familia vivía de alquiler en Southampton (Inglaterra), en una torre de tres pisos a la orilla del mar. Tanto ella como su madre subieron al último de aquéllos para ver pasar el enorme transatlántico. Saludos de ida y de vuelta, gritos de alegría y todo eso. Lo que Degna no entendió en ese momento fue el apretón de manos de su madre, que casi le deja sin dedos de la fuerza que imprimió al apretón. ¿Y eso? Porque Marconi y su esposa Beatrice habían sido invitados por la compañía ―la ya famosa White Star Line― a realizar el viaje inaugural del Titánic―. Sí, Marconi era una celebridad, el inventor de la telegrafía, nada menos. Se merecía eso y más. Pero resulta que estaba hasta arriba de curro y no podía dejarlo así como así, por lo que necesitaba la ayuda de un taquígrafo para sacarlo adelante. Para él trabajaba un tal Magrini, que no llevaba demasiado bien eso de montar en barco ―mareo va mareo viene. Un show―. El del Titanic era bueno, pero se enteró de que el del Lusitania era mejor, así que decidió cambiar el pasaje y embarcar en el Lusitania, que zarpaba tres días antes. La familia, sí, en el Titanic.

Pero ¿habéis prestado atención al detalle? El Lusitania partió para Nueva York tres días antes y Beatrice y su hija se encontraban en Southampton despidiendo al Titanic. ¿Cómo se come eso? El hijo pequeño de los Marconi agarró unas fiebres de campeonato; de esas fiebres que anuncian lo peor pero que también se pueden quedar en nada. Chi lo sa. Viaje suspendido. Telegrafió a su marido para informarle y tal. Beatrice con una pena de campeonato, y de ahí aquel apretón de mano que le pegó a su hija. Fin de la historia.

Ya en Nueva York, Marconi se enteró del desastre del Titanic y la Sociedad Eléctrica de la ciudad le homenajeó por todo lo alto, pues gracias a su invento se habían salvado algo más de 800 personas; gracias a su sistema de telegrafía inalámbrica, que llevó al Carpatia a rescatar a los supervivientes del Titanic.

Y nada, que Guglielmo Marconi la palmó tal que hoy hace 82 años en Milán. Ese día todas las estaciones de radio del mundo interrumpieron sus emisiones al mismo tiempo durante dos minutos. Fue el silencio absoluto. No se merecía menos.

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