El 31 de marzo de 1979, Idi Amin Dada se largó de Uganda echando hostias. El hombre, que tenía prisa tras ser derrocado del poder. Yo también lo hubiera hecho si fuera el responsable de haber puesto a criar malvas a cerca de 300 000 personas bajo su dictadura. Ojo, 300 000. Que se dice pronto. Más la miseria que dejó a su espalda cuando se largó. ¿Y quién era la alhaja?
Idi Amin Dada se hacía llamar Su excelencia, Mariscal de campo, Presidente vitalicio de Uganda, Conquistador del Imperio Británico, Rey de Escocia —aquí recomiendo encarecidamente la película protagonizada por el inmenso Forest Whitaker—, Señor de todas las bestias de la tierra y peces en el mar, aunque si lo dejamos en asesino de Kampala —capital de Uganda— y Calígula de África tampoco pasa nada.
A los dieciocho años ingresó en el ejército colonial británico, y tras la independencia del país en 1962 se convirtió en comandante de las fuerzas armadas del nuevo país. Todo un logro para un tipo cuyos únicos méritos se reducían a haber sido campeón de boxeo —media cerca de dos metros y la báscula gritaba algo más de cien kilos cuando lo tenía encima— y alcanzar segundo de primaria y con dificultad —leía mal, le costaba firmar documentos ya preparados, y su nivel de inglés era de currículum español.
En 1971, aprovechando un viaje a Singapur del presidente Milton Obote, dio un golpe de Estado. Y comenzó la fiesta. Lo de menos eran los discursos en los que prometía el oro y el moro, algo que sus ministros veían imposible cumplir, con lo que el Gobierno se le llenó de saboteadores y enemigos, como consideraba a todo aquel que le llevaba la contraria. Mítica es la respuesta que le dio a un ministro de Finanzas que le explicó que no había dinero para acometer sus proyectos: “Eres un estúpido. Si no hay dinero la solución es simple: imprime más billetes”. Así estaba el nivel.
El ministro acabó huyendo a Londres con tal no acabar descuartizado y sus restos flotando en el Lago Victoria a merced de los cocodrilos, como sí le ocurrió al canciller Michael Ondaga. ¿Qué? ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Se dice, se cuenta, se rumorea que los informes de la policía secreta del país recogían todo tipo de atrocidades cometidas por el muchacho: desde cortar trozos de carne a los prisioneros y obligar a sus compañeros a comerla, hasta prometer el indulto a un preso si mataba a otro con un mazo. Luego encadenaba al autor de la hazaña para que otro hiciera con él lo mismo, y así seguía la rueda. A saber. Por cierto, también se dice, se cuenta, se rumorea que el tipo que tenía por costumbre comer cuarenta naranjas al día para aumentar su virilidad. Lo cual debe de ser cierto. Rondaría la cincuentena los que dicen tenerlo como padre.
Ocho años estuvo en el poder la joya, ocho. Se largó de Uganda antes de que tropas de Tanzania —país que había invadido el año anterior, y a cuyo presidente, Julius Nyerere, retó a subirse a un ring para darse de hostias hasta en el cielo de la boca— le dieran matarile. Primero recaló en Libia y después acabó sus días en Arabia Saudí con buena parte de sus esposas e hijos. Antes de cerrar sesión en 2003 aún tuvo los santos cojones de decir que le gustaría hacerlo en su país. Que hay que tenerlos cuadrados, desde luego.
