La muerte

—¿Profesión?

El policía hizo la pregunta al tipo que tenía delante como quien deja caer un papel al suelo, como quien lanza una pelota contra la pared esperando recibirla de vuelta. Un gesto mecánico, insustancial. ¿Cuántas veces haría la misma pregunta al cabo del día? ¿Y a lo largo de su carrera como policía? ¿Cuántas? Dejó de teclear al no obtener ninguna respuesta. Miró al tipo que permanecía sentado frente a él. De rostro cansado y sin afeitar desde hacía varios días, miraba al techo como ido. Una de esas miradas que nada transmiten, pues carecen de material con el que fabricar sentimientos, con el que expresar emociones, con el que gritar cualquier cosa por pequeña que fuera. El policía sacudió la ceniza del cigarrillo que fumaba en el cenicero que había junto a la máquina de escribir y se lo volvió a llevar a los labios. Tras expulsar la calada pertinente, resopló con fastidio. Un loco, un inadaptado, o bien un tipo con ganas de tocarle los cojones, que de todo hay en la viña del Señor, pensó. Carraspeó antes de dirigirse de nuevo a él.

—Le he preguntado por su profesión.

La misma mirada perdida, la misma indiferencia. Ésa fue la respuesta que obtuvo. El policía se recostó en la silla llevándose los brazos hacia atrás y las manos a la nuca, que se masajeó. Al tipo lo habían traído a comisaría a primera hora de la tarde después de pasearse desnudo por la calle principal de la ciudad durante unas cuantas horas. Antes de meterlo dentro del coche de policía alguien tuvo la ocurrencia de vestirle con una bata para hacerlo más presentable. El tipo llevaba una hora de interrogatorio. Una hora y ninguna respuesta a las tres preguntas que le había hecho el policía. Y siempre la misma mirada extraviada.

—O sea, que no tiene ocupación conocida…

El policía suspiró hastiado. Posó de nuevo los dedos en la máquina de escribir para tomar nota de la falta de respuesta, que sustituiría en el papel por otra de su cosecha, como las anteriores. Levantó la vista del teclado y se estremeció. Ni rastro de la mirada indiferente, de la mirada perdida. En su lugar, el tipo le miraba fijamente y sus ojos brillaban. Y sonreía. Una sonrisa siniestra, para nada tranquilizadora. Tanto o más que su voz, tan profunda como la cavidad más insondable.

—La muerte…

—¿Qué ha dicho?

—La muerte…

El policía experimentó un escalofrío que devastó su cuerpo, y lo último que quedó grabado en sus ojos antes de desvanecerse fue la mirada hiriente del tipo al que interrogaba y su sonrisa insana.

Dos días después, murió en el hospital. Un ataque al corazón dictaminó la autopsia. El colesterol por las nubes, algún que otro aviso que desoyó. Dejaba mujer y dos hijos. El tipo al que interrogaba fue internado en un sanatorio mental. Ninguno de los celadores se atrevía a mirarle a los ojos. Decían que veían la muerte, y ni mucho menos quisieron saber quién era. Si había acabado allí es porque nadie lo reclamaba. O porque nadie se atrevía a hacerlo sabiendo de qué era capaz.

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