La ventana del día

«Último baile, última oportunidad para el amor…».

Fue escuchar esta estrofa que el altavoz de la pequeña radio escupía y él soltar la brocha que estaba mojando en el agua, limpiarse con celeridad la espuma de afeitar con la que se había embadurnado la cara, y dirigirse a la pequeña cocina. Ella estaba allí, vigilando la cafetera, que observaba con mirada cansada.

Le vio aparecer por la puerta y se permitió una sonrisa, de las pocas que dotaban a su rostro de algo lo más parecido a la calidez. Él trajo consigo el pequeño transistor, que dejó sobre la mesa de la cocina; desde el que Donna Summer cantaba a quien quisiera escucharla que necesitaba a alguien a su lado, por ella, para guiarla, para abrazarla.

Y eso fue lo primero que hizo él; para después agarrarla de una mano y arrastrarla hasta el centro de la pequeña cocina. Aun siendo el espacio exiguo, consiguió apañárselas para hacer de ese asfixiante reducto lo más parecido a una pista de baile.

—¡El café…! —protestó ella.

—¡Ya haremos otra cafetera!

Así que vamos a bailar, les pedía Donna Summer. Eso hicieron. Lo que parecía una sonrisa inicial de ella se transformó en una franca, verdadera; que se convirtió en una carcajada que parecía adherirse a las paredes de la intensidad con que fue emitida.

Siguieron bailando, mirándose, abrazándose. Conforme lo pedía Donna Summer en su canción. Cumplían cada deseo de la cantante sin importarles que la cafetera hubiera convertido el frontal del fuego de la cocina en el escenario de un crimen de café. Bailaban, reían, se miraban y abrazaban; carcajadas y risas que encontraron espacio para expandirse a través de la pequeña ventana abierta. A través de ella se podía observar un trozo de playa y de mar. Fue la única exigencia que ella le puso para comprar aquella pequeña casa al pie de la playa.

Al fin, Donna Summer se despidió pidiéndoles bailar siempre. Lo que acababan de hacer. Él se rehízo de inmediato, a ella le costó algo más. Ella se llevó los puños a la cintura mirando el desastre provocado por la cafetera.

—Tendré que hacer otra…

—Pues se hace.

—Si no vuelves a sorprenderme… —dijo ella besándole los labios.

—Quien sabe…

Él regresó al cuarto de baño, cerró la puerta, se miró al espejo y volvió a embadurnarse la cara. Mientras lo hacía, una lágrima murió en la espuma recién aplicada. Tragó saliva.

Si no vuelves a sorprenderme, le dijo ella. Cuántas veces le quedarían por hacerlo antes de que la maldita enfermedad que la devoraba la convirtiera en su recuerdo doloroso.

Se lo preguntaba una y otra vez después de cada sorpresa; preguntándose siempre si sería la última.

 

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