Los personajes de Mühlberg: Mauricio de Sajonia

Un personaje, pero de los gordos. Como diría el Guerrita, primero yo, y después de mí, nadie. A lo largo de su vida pegó un bandazo tras otro según el sol que más calentara, y no le importó traicionar a quien fuera con tal de salir beneficiado. Pues eso, un personaje.

Para empezar, era hijo de Enrique V de Sajonia-Meissen, y pertenecía a la llamada línea de los Albertinos. ¿Que qué es eso? Por resumir la cuestión, el 26 de agosto de 1485, dos hermanos, Ernesto y Alberto, miembros de la familia sajona de los Wettin, partieron peras. Aquello se llamó La partición de Leipzig, por la que su territorio, que hoy integra los actuales estados federados de Sajonia, Sajonia-Anhalt y Turingia, quedó dividido en dos partes. En caso de que cualquiera de las dos líneas familiares terminara, Sajonia se reunificaría bajo el que quedara vivo.

Bien. Con todo, lo importante es lo siguiente: a Ernesto le correspondió el título de príncipe elector, o sea, la dignidad electoral, mientras que a su hermano le quedó el título de duque, y ya. Detalle para tener muy cuenta a la hora de analizar el devenir del personaje.

¿Por qué? Porque, como habéis leído al principio de estas líneas, a Mauricio le correspondió, por herencia, el título de duque de Sajonia. ¿Y quién era el príncipe elector? Su “queridísimo” primo segundo Juan Federico de Sajonia. ¿Vemos ya por dónde van los tiros? Pues seguimos para línea.

Mauricio de Sajonia era protestante, para empezar, pero lo que realmente quería, lo que ansiaba por encima de todas las cosas, era el título que detentaba su primo Juan Federico. Porque manda narices que, además de tu primo, uno de los miembros más importantes de la famosa Liga de Esmalcalda, creada para sacar de sus casillas a Carlos V, fuera tu propio suegro, Felipe de Hesse, pero lo mismo le dio: llegado el momento, y disuadido por el obispo de Arrás, Mauricio se echó en brazos del emperador, y lo que usted mande. Todo ello, según parece, con la promesa de recibir el electorado sajón si su primo la palmaba o era hecho prisionero una vez concluyeran las hostialidades que se iban a desatar de un momento a otro.

En consecuencia, Mauricio aceptó —en un principio— las disposiciones del Concilio de Trento, que arrancó en 1545, y que pedía a los príncipes cristianos que se unieran para dar cera a los protestantes; mientras que su primo, suegro y resto de integrantes de la susodicha liga dijeron a eso que ni de coña.

En 1546, como decía, comenzaron las hostialidades entre católicos y protestantes, que cesaron a finales de año porque no estaba el tiempo —Alemania, invierno. El grajo, tan ufano él, vuelo rasante tras otro— para hacer tonterías. No obstante, los primos, entre ellos, siguieron a lo suyo; y eso ayudó a preparar el terreno al emperador Carlos V para capturar a Juan Federico tras la batalla de Mühlberg. Como recompensa, a Mauricio le correspondió el ansiado título, más todos los territorios ernestinos salvo Turingia, donde Juan Federico se pasaría unos cuantos años sin ver el sol.

Pero ¿qué pasa? Que la cabra siempre tira al monte; y en Alemania, la peña comenzó a ponerse más caliente que el palo de un churrero con eso de que Juan Federico y Felipe de Hesse siguieran presos. Aquello olía a revuelta contra el emperador que tiraba para atrás. Así que Mauricio decidió acabar con la tontería de la ciudad luterana —o sea, protestante— de Magdeburgo. Viendo el percal, y que podía crearse un problema gordo, lo que de verdad hizo el colega fue simular su rendición para evitar males mayores y, aprovechando que el Elba pasa cerca de Mühlberg, mantener su propio ejército una vez su suegro logró la libertad para darle lo suyo a Carlos V. A eso ayudó que los franceses, como siempre en todas las salsas, en este caso en la figura de Enrique II, hijo del inigualable Francisco I, prometieron perras como si no hubiera un mañana a Mauricio y compañía para sus hostialidades con el emperador a cambio de la conquista de tres ciudades: Toul, Metz y Verdún. Mauricio y compañía dijeron que sí, bwana, y se fueron a por el emperador, que por entonces descansaba en Innsbruck.

En cuanto Carlos V —al que ya habían avisado por activa y por pasiva de que Mauricio se la estaba liando, y floja, pero hizo caso omiso— se convenció de que sí, de que se la estaba liando, le dijo a comienzos de 1552 vente para acá, que te voy a cantar las cuarenta. Y la diez de monte, de propina.

¿Acudió Mauricio a Innsbruck? No padre, en ese momento. Lo hizo a mediados de mayo, pillando desprevenido a Carlos V; que tuvo que salir por patas de allí con lo puesto con tal de no ser hecho prisionero por Mauricio, lo que ya hubiera sido el acabose. Cuentan las crónicas que aquella noche llovió todo lo que quiso llover y más, y al emperador le nevó lo mismo y más al cruzar los Alpes en su huida. Entre eso y que, físicamente estaba hecho un asco de todo lo suyo, aquella retirada forzosa le dejó malamente, tra tra.

Y si creéis que ya he terminado, pues no, que queda el bingo. Cómo iba a dejar el emperador que el francés, o sea, Enrique II, se saliera con la suya y se llevara por la cara las tres ciudades que he mencionado antes. Leña al mono que es de goma y todo eso. ¿Qué hizo Mauricio? Por si las moscas, y previendo una derrota de Enrique II, rompió la alianza que tenía con él para firmar una paz con Carlos V, aunque eso conllevó también una mayor libertad religiosa para los príncipes alemanes. Nada nuevo bajo el sol en un siglo como el XVI, tan dado a estas cosas.

Pero no todos los príncipes alemanes se tomaron tan bien esa alianza con el emperador, así que se liaron a hostialidades con Mauricio, quien ganó la batalla desatada en julio de 1553 entre ambas fuerzas, pero la palmó en dicha batalla.

Fin de la historia. Que ha sido intensa, desde luego. ¿O no?

 

 

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