Edith

Decía ver la vida en rosa, pero pobrecita mía, no vio más color que el negro, pero negro negrísimo. Que fue nacer y oír la madre: señora, ha parido usted a una desgraciada; que se lo pudieron haber dicho a su madre. Pero muy tranquilamente. Voz angelical, embriagadora y todo lo que queráis, pero desgraciada a más no poder. Eso fue Edith Giovanna Gassion, nacida tal día como hoy de 1915.

Lo de que ha parido usted a una desgraciada se lo pudieron decir a la madre en el hospital donde dio a luz a la criatura —así reza en el certificado de nacimiento— o bien el gendarme que la atendió en plena acera, por donde se paseaba con una melopea de ovación y vuelta al ruedo —cuenta la leyenda— y bajo la luz de una farola; y que quedó al cuidado de su abuela materna dada la incapacidad de la madre y del padre —más preocupados en andar agarrados todo el santo día a la botella— para hacerlo. Abuela que, según también cuenta la leyenda, le atizaba a la cría unos biberones de vino mezclado con leche para que dejara de darle la tabarra. Pues se podía haber hecho cargo de ella la abuela paterna, seguro que estaréis diciendo. Quita, quita, que bastante tenía con tener controlado el prostíbulo que regentaba la mujer. Así que, de color de rosa, la vida de Edith Giovanna Gassion tiene poco; un rosario de desgracias, amores no correspondidos, borracheras para ser sacada a hombros de la plaza y saludar al respetable con júbilo.

Para empezar, una meningitis la dejó medio ciega durante una temporada a sus cuatros tiernos años. Luego, el padre se la llevaba de feria en feria, titiritero alehop, con el que participaba en sus acrobacias en las calles para sacarse unas perras; perras que se escapaban más en alcohol que en comida —cuentan muchos biógrafos además de la leyenda—. Después, parió a una niña con 16 años, que cerró sesión a los dos por culpa de una meningitis. Parto que la incapacitó para tener más hijos.

Calma, que seguimos para bingo.

Cantando en una avenida de París en 1935, un empresario llamado Louis Lepleé la contrató para trabajar en su bar. Le fascinaba su voz, oigan. Y eso de Gassion, nada, que no vende. Mejor Piaff —pequeño gorrión en francés—, que vendía más y reflejaba lo que veía la peña: una cosica —1,47 de altura— muy pequeña con un chorro de voz que te mueres.

Lepleé la convirtió en una estrella. A su local acudía todo Cristo atraído por una voz única. Al fin un poco de suerte, estaréis diciendo. Pero va Lepleé y se va para el otro barrio poco tiempo después. Para colmo, la policía la barajó como sospechosa de la muerte. Y, claro, para pasar el trago, venga a empinar el codo y a meterse para el cuerpo todo lo que se pudiera meter una y más. Hasta que un letrista, Raymond Asso, la sacó de la mierda que era su vida. Con él parió La vie en rose o Je ne regrette rien, entre otras muchas. La hostia, vamos. Es decir, pasta para aburrir. Pasta que se pulió en amantes y ayudando a todo el que se lo pidiera.

En 1945 conoció al amor de su vida, el boxeador Marcel Cerdan, gloria nacional francesa, pero no fue hasta 1948 cuando se produjo su primer encuentro. Que había que ser discretos, porque el gachó resulta que estaba casado y tenía tres churumbeles. Pero, como ocurre siempre con estas cosas, un periódico los descubrió y el tipo se fajó duro para evitar el divorcio sin dejar de ver a Edith por ello. Como anécdota, Cerdan perdió por primera vez un combate y la prensa la acusó de gafe, con si la colega no arrastra ya suficiente. Pero, al poco, se convirtió en campeón del mundo de los pesos medios, y aquí paz y después gloria.

Entonces, Cerdan se dedicó a boxear por aquí y por allá y ella le echaba de menos. Que si extraño tu calor, que si tal. Total, que Cerdan le hizo caso, tomó un avión y se fue directo para el otro barrio sin escalas. Venga, que casi estamos a punto de cantar bingo.

Otra vez a las andadas, a beberse el Sena, el Ródano y el Pisuerga juntos, a meterse lo que no está en los escritos y a darse un homenaje tras otro con toda presencia masculina que se preciara. Especialmente le gustaban los hombres de ojos azules. De aquella época se pueden rescatar bastantes nombres: Eddie Constantinn, Yves Montand, Georges Moustaki y Charles Aznavour, o el cantante Jean-Louis Jaubert y el actor John Garfield; a los que pedía que la abofetearan o maltrataran sin recato, y a cambio ella les era infiel. Salvo con Montand. Palabras mayores, oigan.

En 1959 le detectaron un cáncer que no dejó escapar a la presa. Un año antes de morir se casó con su peluquero, un joven con ambiciones cantoras llamado Théo Sarapo —mejor que llamarlo Theophanis Lamboukas, su verdadero nombre, ¿o no? Que la palmó en 1970—. Él, 26, y ella 44; enfermedad que se la llevó por delante en 1963, en París. A su entierro asistieron más de 40000 personas. Aún hoy se pueden encontrar siempre flores frescas en su tumba del cementerio de Père Lachaise, en París.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *