El coño de la Reme

―¡Otra caña, Reme!

―¡Reme, hija, que nos tienes secos!

La Reme cogía vasos, los colocaba debajo del surtidor y tiraba la cerveza con tanta gracia que, una vez lleno el vaso, la feligresía rompía a aplaudir.

Cañas tiradas de verdad, con arte, el giste al punto; que iban de un lado a otro de la barra, de un punto a otro de la taberna que regentaba en un barrio de Sevilla. De tapa, tortilla de camarones. La especialidad de El coño de la Reme. Así se llamaba su taberna.

―¡Olé ahí!

La ceja izquierda arqueada de la Reme era el gesto que necesitaba Nicasio, el camarero, para descolgar la guitarra de la pared ―madera vieja, cuerdas que sonaban a gloria en sus manos― y arrancarse por bulerías. A Nicasio se le iban los dedos entre las cuerdas, y era capaz de rasgarlas con tanta jeta que, al acabar, eran más las voces que le pedían que siguiera que las de los que permanecían indiferentes. Era parte del negocio. Unos acordes, la gente contenta, y a pedir más cañas y tortilla. Palabra de la Reme.

―¡Otra cañita! ¡Parma, Nicasio, que s’han estirao los de la esquina!

La gente que pasaba por delante de la puerta observaba curiosa el follón que bullía dentro de El coño de la Reme, y pocos se resistían a entrar a tomar una caña y dar un bocado a su tortilla de camarones. Gloria pura. La hora del cierre iba por días. Las 11 o las 12, puede que la 1 de la madrugada; cuando La Reme decidía que la fiesta había terminado y echaba del local a los últimos feligreses. Después, armado con una escoba algo deshilachada, Nicasio barría y la Reme fregaba. Agua que borraba pasos, voces y lamentos; y también quejidos con menos arte que unas bragas de esparto.

La Reme y Nicasio echaban la cancela encogidos por el silencio que los rodeaba. Entonces, paseaban. Ella rondaba la cincuentena. Mujerona de recios modales, anchas caderas y busto generoso. En sus intensos ojos verdes y la melena negra lisa todavía se podía atisbar quién fue; una muchacha inocente, guapa, a la que un hijo de puta embaucador dejó en la estacada con un bombo y llena de deudas. Eso ocurrió treinta años atrás. El que decía ser el amor de su vida, que regaló de miel sus oídos todos los días y de caricias, besos y abrazos una noche tras otra. Luego vinieron días de trabajo en la tienda de la Señora Virtudes y alguna que otra casa que fregar y atender. Todo con tal de tenerlo contento.

Cuando le dijo que estaba embarazada, la abrazó y besó como nunca. Después vinieron las promesas en forma de vino, rosas y felicidad, y ella le creyó. Al día siguiente encontró la casa vacía. El dinero también había volado de los cajones. La Señora Virtudes la echó de la tienda por el qué dirá la gente, embarazada y sin pareja conocida, y también las mujeres para las que trabajaba. Se vio sola y con una gran culpa en el vientre.

Lo que vino a continuación fue la noche. Su única salida. Guapa, buen cuerpo. Y el niño, al que nunca le faltó ningún capricho. Dinero, noches de baile y de recompensas tras atender los fogosos deseos del primero que se quedaba prendado de ella. Hasta que reunió el dinero necesario para abrir un negocio. El coño de la Reme. De ahí vino el dinero.

Reventaíto, Reme. Mira cómo estoy hoy.

―Pues a descansar, que mañana será otro día.

Nicasio asintió con la cabeza. Apagó el cigarro con la punta de un zapato y siguió caminando en silencio. Era alto, espigado, de pelo moreno y ensortijado. Igual de su padre, suspiró la Reme.

Del que nunca más volvió a saber desde el día que la abandonó.

6 Comments

  1. Ana G. Hernández

    Buenas tardes Victor, genial el relato, me ha encantado. Un fuerte abrazo!!!

    1. Víctor Fernández Correas

      ¡Gracias por leerlo, Ana! Un abrazo.

  2. Andrés Hernández

    Me parece una muy bien detallada fotografía de una época, un lugar muy reconocibles. Muy bien narrado. «Agua que borraba pasos, voces y lamentos…» ME GUSTA.

    1. Víctor Fernández Correas

      ¡Gracias por leerlo, Andrés!

  3. Mencía

    Precioso relato, duro, pero a la vez esperanzador. Cuántas Remes hubo en cierta época…
    Un saludo!

    1. Víctor Fernández Correas

      ¡Gracias por leerlo, Mencía!

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