Una guerra por culpa de una rodaja de sandía

¿Se puede declarar una guerra por culpa de una rodaja de sandía? Por poder, se puede. Se han desatado por un guantazo bien dado, por unas palabras de más o de menos, y no menos por una invasión o por mandar para el otro barrio al heredero de turno. Así que, si ha de haber hostialidades por culpa de una rodaja de sandía, vengan, que diría Cela, don Camilo José. 

Esas fueron las que se desataron entre los Estados Unidos de América y la por entonces República de Nueva Granada —hoy, Colombia y Panamá— en 1856, Sí, por una rodaja de sandía.

El origen del conflicto fue un convenio de reciprocidad comercial firmado entre ambas naciones del que sólo se favorecían los norteamericanos; convenio que les facultaba para hacer lo que les viniera en gana en aquella república, que para eso estaban amparados por la ley. Que si abusos, que si violencia… La cosa se fue calentando entre los locales, se fue calentando… Que se mascaba la tragedia, vamos.

Y estalló el 15 de abril de 1856. La culpa, cuentan las crónicas, la tuvo un tipo llamado Jack Oliver, que iba fino filipino después de tirarse unas cuantas horas de farra con algunos compatriotas. Los colegas pasaron por delante de un puesto de sandías, y el tal Oliver agarró una rodaja y se la zampó. ¿Qué pasó? Lo lógico: el vendedor, un hombre que decía llamarse José Manuel Luna, le dijo que qué pasaba con los cinco centavos que costaba la susodicha rodaja. El otro, con sus cojones morenazos, le soltó ahí te quedas, muerto de hambre, y no me los toques más. El vendedor, que cogió un calentón que ni el del palo de un churrero, sacó una navaja y le amenazó. Colega, los cinco pavos o te rajo de arriba abajo. Que me pongo loco, fíjate tú. Y el otro, para cojones los míos, desenfundó la pistola que llevaba encima, y le apuntó. A todo esto, el asunto lo presenciaba desde sus inicios un grupo que gente que se hizo más y más grande conforme crecía la tensión, y aquello acabó a hostias hasta en el cielo de la boca entre unos y otros. Bueno, hostias y lo que no son hostias, porque a resultas del incidente, los locales pusieron a criar malvas a 15 americanos y mandaron a otros 16 al hospital. Ellos, sólo 2 muertos y 13 heridos. 

Luego, lo de siempre: los americanos acusando a los nuevos granadinos —a los de la república, me refiero— de no mantener el orden, y aquéllos —apoyados en informes de los cónsules de Francia y del Reino Unido—, acusando a los americanos de haber montado el pollo; lo que derivó en la ocupación del lugar por parte de los primeros, ocupación que duró tres días sin que se pegara ni un solo tiro, eso sí.

Total, que el asunto acabó con la firma de un tratado que reconocía la culpabilidad de los nuevos granadinos, obligados a pagar una indemnización a los americanos. 

Nada nuevo bajo el sol. 

 

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