Vasili Arkhipov, uno de esos héroes anónimos

De cuando en cuando, aparecen personas que te congracian con los de tu especie. Tipos que miran por los demás. Y es ahora, cuando están como están las cosas con los rusos, cuando conviene ensalzar el papel de tipos como  Vasili Arkhipov. Lo que hizo en los tiempos en que le tocó vivir —ojito también con ellos—, es de tenerlos bien puestos. Pero bien.

27 de octubre de 1962.
1962.
Octubre.
O sea, que empieza bien la cosa.
Por recapitular el asunto, americanos y soviéticos llevaban a la greña desde que acabó la segunda edición de hostialidades como si no hubiera un mañana; que llegó a su momento cumbre —hors catégorie, que dicen en mi pueblo, Saint Denis— en aquel ya referido mes. Quién más quien menos llama a ese momento la Crisis de los misiles. Titulazo.
Entonces, navegar por el Atlántico, tanto por su superficie como por debajo de ella, tenía más peligro que un dónut de chocolate en manos de un diabético. Aquel día, decía, varios destructores norteamericanos se liaron a lanzar cargas de profundidad a destajo al mar, matarile, rile. La cosa comenzó a torcerse cuando aquellas cargas afectaron a un submarino soviético que pasaba por allí, fíjate tú qué cosas. Y resulta que, qué cosas también, la carga provocó un apagón en el sistema del submarino. El resultado, el monóxido de carbono paseándose por el interior de la nave como José Luis Perales por Cuenca.
Total, que varios marineros se desmayaron. Algunos compañeros pensaron que esos desgraciados ya se habían ido para el otro barrio por culpa de un ataque de los norteamericanos y que había que responder, que qué cojones. O sea, hostialidades.

Con este panorama, al capitán del submarino ruso, Valentin Grigorievitch Savitsky, le entraron unas ganas tremendas de responder al ataque lanzando los misiles con los que iba armada la nave. Lo que desconocía el colega es que el alto mando soviético había sido informado previamente de que las cargas formaban parte de un ejercicio rutinario. Unas prácticas, vamos; que el tal Valentin Grigorievitch Savitsky desconocía, repito, porque no se le había comunicado este particular. Así que decidió apuntar al Randolf, el portaaviones americano al que acompañaban los destructores, con uno de dichos misiles.

El panorama que se avecinaba era precioso: misil soviético hundiendo un portaaviones americano, y acto seguido más de 5000 misiles surcando el Atlántico buscando dejar el territorio del enemigo como un solar en respuesta al ataque. Cosa que no ocurrió porque, para ratificar el lanzamiento, era necesaria la unanimidad de los tres oficiales a bordo de la nave. El único que se opuso fue Vasili Arkhipov, que pidió prudencia y esperar a que Moscú se manifestara, dadas las dificultades para recibir sus comunicaciones. Lo que ocurrió tras unos cuantos minutos de incertidumbre.
 
Esta historia se conoció en el año 2002, cuando Thomas Blanton, director del Archivo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, dijo que “la lección que podemos aprender de esto es que un tipo llamado Vasili Arkhipov salvó el mundo”.
Por cierto, Arkhipov la palmó cuatro años antes sin recibir ningún tipo de reconocimiento. Así es la vida.

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