Vente para Alemania, Carlos

Para Alemania. Como Alfredo Landa cuatro siglos después en aquella ya mítica película —Vente para Alemania, Pepe, que exaltaba las bondades de la emigración. El dinero que se ganaba, que qué bonita Alemania, etcétera—. Landa lo hacía en busca de perras, que en Alemania pagaban mejor y en marcos —para los millennials, la moneda oficial alemana antes ser sustituida por el euro—. Carlos, para apagar la llama de Lutero, que prendió bien alta. A los dos no les salió mal la jugada. Landa ganó unos pocos marcos y el emperador, una batalla que le hizo eterno, aunque el asunto no se cerrara del todo. Más bien quedó dormido.

Alemania, decía; con Lutero suelto desde que no se lo cepillara en Worms en 1521 —su famoso erré en no matar a Lutero—, y con unos príncipes germanos levantiscos no, lo siguiente —con Juan Federico de Sajonia y Felipe de Hesse como líderes más destacados—, aliados en la llamada Liga de Esmalcalda desde 1531. Los príncipes de dicha alianza vinieron a decirle que sube para arriba si tienes huevos y nos dices a la cara lo que nos tienes que decir. Y Carlos los tenía bien puestos. Cuadrados, incluso. Subió. Vaya si subió.

Lo de la cuestión religiosa era chungo de narices; que no había que ser muy listo para percibir que algo habría para que los alemanes les salieran con esas, alentados por un fraile que sabía lo que decía. Reformar la Iglesia era tan necesario como dejar de perpetrar tantos crímenes con las tortillas y eso de la cebolla. Para eso se había montado un concilio que se presuponía indispensable para devolver a los descarriados a un redil de su confianza; que Su Santidad convocó el 19 de noviembre de 1544 porque así se lo solicitó Francisco I como parte de lo firmado en la Paz de Crépy, y cuyo comienzo se retrasó hasta el 13 de diciembre de 1545. Todo eso puso a Carlos como la folclórica del WhatsApp. 25 años esperando el concilio. La solución al problema religioso. Cánticos al cielo con esas voces de ángeles que tanto le gustaban. Peero…

Los príncipes alemanes no estaban por la labor de dejarse dominar así, por las buenas. Para ellos, la cuestión religiosa era algo más que eso: ese anhelo de libertad. Como Mel Gibson metido en la piel de William Wallace berreándolo a todo trapo ante sus tropas. Y eso sólo había dos maneras de arreglarlo: por las buenas, o por las malas. Por las buenas, negociando. Por las malas, desatando las hostialidades. Lo malo es que había que desatarlas en casa de los alemanes. Chungo el asunto. Que se lo cuenten a los romanos. Teutoburgo y todo eso.

Las buenas acabaron malamente, tra, tra, así que tocaba arreglar el asunto por las otras. Y Carlos, por entonces, gotoso total. Eso no le impidió poner rumbo a Alemania, entrando en Aquisgrán el 5 de mayo de 1545 para trasladarse diez días después a Worms, donde había programada Dieta; y donde empezó todo. Allí tuvo conocimiento de que Su Santidad le surtiría de perras, soldados y su aliento espiritual —«que no nos falte de ná, que no que no». Pascual Martínez y sus Cantores de Híspalis. Unos genios— para meter en vereda a los príncipes alemanes.

La Dieta de Worms fue lo más parecido a una final entre dos rivales de esos llamados eternos, con aficiones que no pueden verse ni en pintura llamándose de todo menos bonito. Todo precioso; con los grandes heresiarcas —para los millennials, aquellos acusados de propagar herejías— Lutero —protegido por Juan Federico de Sajonia— y Calvino poniendo al papa de vuelta y media. Reíos de las peleas de gallos y esas cosas de raperos actuales. Una gilipollez.

Entretanto, el 13 de diciembre se abrió el Concilio de Trento, lo que coincidió con una reunión de la Liga de Esmalcalda en Frankfurt —ya untada hasta las cejas por Francisco I para que le diera cera de la buena al emperador. No descansaba de lo suyo, el colega— entre aquel mes y el de febrero de 1546. Felipe de Hesse era partidario de las hostialidades con el emperador, pero no así Juan Federico, que no lo creía capaz de que llegar a ellas. Momento que, como he dicho antes, aprovechó Carlos para entrar en Alemania con un grupo reducido de soldados confiando únicamente en su condición de emperador, de que no le tocarían ni un pelo. La mejor prueba de que quería resolver el asunto por las buenas. Que por él no quedara. Pero, por si acaso, firmaba pactos secretos para asegurarse alianzas en caso de que las hostialidades se desataran en cualquier momento, como ocurrió con la Casa Wittelsbach de Baviera —sí, la de Sissi emperatriz. La misma—, que no le surtiría de soldados, pero le franquearía el paso por sus territorios. Los soldados, como dije antes, se los daría Paulo III.

El 20 de julio de 1546 se emitió un decreto imperial que declaraba proscritos a Juan Federico de Sajonia y a Felipe de Hesse. Blanco y en botella, guerra; que se desarrolló en dos campañas muy distintas: la del Danubio, en la que la Liga de Esmalcalda llevó la ofensiva y el emperador la defensiva —glorioso el papel del duque de Alba en Ingolstadt—; y la del Elba, con los papeles cambiados, y el emperador deseando darle collejas en persona a Juan Federico de Sajonia. Lo que ocurrió al acabar la batalla de Mühlberg, que tuvo lugar el 24 de abril de 1547 —aquella ya mítica frase del emperador, parafraseando a Julio César: «Vine, vi y Dios venció»—, con la captura de aquel príncipe protestante intentando escapar de las tropas imperiales tras la batalla a lomos de un caballo. Aquella captura fue un respiro para Carlos, que tenía preso a uno de los príncipes protestantes alemanes más levantiscos contra él; y para el caballo de Juan Federico de Sajonia. Buscad algún retrato suyo en Internet, y ya me diréis si era o no para respirar de alivio. La victoria tuvo lugar en la cumbre de la vida del emperador. Ocurrió el 24 de abril de 1547, festividad de San Jorge —Sant Jordi en Cataluña. Rosas y libros, firmas por doquier, etcétera.

Pero ¿arregló el problema alemán? No, padre. Ni siquiera con el llamado Interim de Augsburgo, resultado de la Dieta que comenzó en septiembre de 1547, constituida como ley del Imperio para resolver la cuestión religiosa, y que no satisfacía a nadie. Ni mucho menos a uno de los grandes aliados del emperador durante la campaña del Elba, Mauricio de Sajonia —un alhaja de cuidado—. Lo peor, pero lo peor de verdad, no había hecho más que comenzar para el emperador Carlos V.

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