La hazaña de Clydesdale y McIntyre

¿Suerte? Puede. ¿Que la muerte tenía cosas más interesantes en las que entretenerse ese día? También. Si no, no se explica que Clydesdale y McIntyre no la hubiera palmado el 3 de abril de 1933; y en cambio, obtuvieran las mejores fotografías de la cima del Everest tomadas hasta la fecha. Porque estuvieron a un palmo —treinta metros— de marcharse para el otro barrio. Así, como quien no quiere la cosa. Cierto es que la baraja les dio malas cartas, pero los tipos supieron jugarlas bien. ¡Qué narices!

Vamos con el asunto. Everest, la cima más alta del mundo. Ocho mil y pico metros de roca, hielo y nieve. Ahora, como si vas al Rastro un domingo a tomarte unas cañas y, de paso, husmeas algo por sus puestos, pero hace noventa años la cosa era bien distinta. Se imponía la imaginación, que valía por todo. Nada de Instagram ni Youtube. Sonaba una palabra, algo que no conocías, y la imaginación se ponía a buscar posibles imágenes. Sueños, ilusiones. En fin. Esas cosas que hemos perdido.

Hasta que Tenzing Norgay y Edmund Hillary no hollaron su cima en 1953, el Everest y su nombre daban para mucho. Ocho mil cuarenta y ocho metros de altura. Tela. Así que a comienzos de 1933, se decidió poner en marcha un proyecto con un propósito claro: sobrevolar su cumbre. Las perras para costear el asunto las puso el filántropo Lady Houston. Parné, y muchas, porque la cosa consistía en coger un avión, volar por encima de la montaña y coger fotos a la velocidad de un japonés visitando el Prado con una Canon en la mano.

Finalmente, a las 8:25 de la mañana del 3 de abril de 1933, dos aviones despegaron de una pista de aterrizaje cercana a Purnea (India). El primero, un biplano modificado del Westland PV-3, pilotado por el coronel Stewart Blacker. Y a su lado, Lord Clydesdale; el segundo, un Westland PV-6 en el que viajaban un fotógrafo —S.R. Bonnett— y el teniente de vuelo David McIntyre. Se trataba de tomar fotos de la montaña, pero también de comprobar las capacidades de dichos aviones a aquellas alturas —casi nueve mil metros, recuerdo— y la resistencia de los pilotos en un aire que ni el Moncayo en invierno. Sí, hijos míos que me leéis, que por aquellos años se pilotaba al aire, sin cámara presurizada en la que resguardarse y echando mano de bombonas de oxígeno para respirar llegado el caso. Que había que tener cojones.

Con el Everest en lontananza, a una altura de diecinueve mil pies, a Bonnett le dio por ponerse una miaja malo. El fotógrafo, recordad. Mal empezaba la cosa. Que si debilidad, que si dolores de estómago. ¿La causa? Una rotura en su tanque de oxígeno. Hizo un apaño como pudo con un pañuelo atándolo alrededor de la brecha descubierta, y otra vez al lío. Lo que vino después es algo por lo que, años después, Edward A. Murphy pasó a la historia.

Empezó a correr el viento a lo bestia. Ni los Monegros en invierno, insisto, con una corriente descendente que enganchó a los aviones. Mil quinientos pies en caída libre que reíros del Dragon Khan y los dos pilotos sudando tinta para enderezar sus aparatos hasta que, finalmente, y a menos de treinta metros de la cima, lo lograron; quitándose la nieve de la cara y dando gracias a la muerte por estar entretenida en otros quehaceres.

El resultado fue las mejores imágenes nunca tomadas —hasta la fecha— de la cima del Everest.

Y si queréis pasar un buen rato, aquí tenéis un documental que recoge la hazaña.

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