La huida del Rey Sol

Ser conocido en situaciones de riesgo te puede salvar la vida, o condenártela para siempre. A Ángel Cappa, el entrenador de fútbol, ser futbolista —cuenta él— se la salvó cuando un militar le reconoció en un control de esos que le gustaba montar a la dictadura argentina. Dentro del maletero de su coche llevaba unas preciosas octavillas con mensajes en contra de la dictadura. O sea, pasaporte directo para acabar en un calabozo de la ESMA (siglas de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada. Allí no regalaban caricias, ni tampoco sugus de fresa). De allí sólo se salía para palmarla, y para eso había alternativas la mar de macabras.

En cambio, al rey Luis XVI de Francia ser conocido le jorobó el plan de escapar de Francia con la familia a cuestas. La culpa la tuvo un anciano, que le reconoció. Cosas de haberle visto en Versalles, y tal. Así que, para la trena. Anda, el rey escapando, qué cachondo, el tío, y todo eso. Ocurrió tal que un 21 de junio de 1791. Ya vemos por dónde va el asunto, ¿verdad? Pues vamos con él.

Lo cierto es que la cosa de vivir en paz se le complicó a la familia real francesa con el estallido de la revolución. Por centrar el asunto y si no os acordáis de lo que pasó, una turba arrasó el palacio de Versalles de París el 6 de octubre de 1789, así que el rey decidió trasladarse al de las Tullerías; que no era, ni por asomo, como aquel primero. Pequeño, sin apenas comodidades. Un drama para Luis XVI y su familia. Que así no se podía vivir, que si un poco de humanidad, y todo eso. Porque, con ser pequeño el reducto en el que acabaron el considerado Rey Sol y su prole, lo peor es que paredes y ventanas afuera le esperaba el populacho con ganas de darle recuerdos, saludos, los buenos días, buenas tardes y buenas noches después de años y años sin hacerlo. Todo junto. Y claro, eso no le gustaba. Así que, instado por su mujer, María Antonieta, decidió escapar. Vámonos, Luisito, que la cosa pinta malamente, tra tra.

Vaya que si pintaba.

Realmente quien los tenía bien puestos era ella. Frívola y todo lo que queráis, pero forjada en hierro. Así que, para lograr su propósito, esto es, pirarse de aquel palacio, recurrió al conde Axel von Fersen, un aristócrata sueco con el que había trabado confianza —y vamos a dejarlo ahí—. El plan consistía en escapar de noche, cuando nadie los viera, hasta la frontera con Bélgica. Veinte horitas de viaje, y sin parar. Para la época y en aquellos carruajes, casi como que apetecía más que te sacaran todas las muelas, pero era lo que había.

Total, que a eso de las dos de la madrugada del 21 de junio de 1791, y después de seguir al detalle un plan al que os recomiendo echar una ojeada porque no tiene desperdicio, la familia real se las piró de París; donde no se dieron cuenta de la huida hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Y claro, se lanzó la orden de detenerlos a la de ya. Cosa complicada, porque los fugados viajaban con identidades falsas. Hasta que llegaron a Varennes-en-Argonne, a poco más de 50 kilómetros de Montmédy, el destino escogido.

La carroza que llevaba al rey llegó a tal punto ya de noche, donde también se tenía constancia de su huida de París. La máxima autoridad del lugar revisó los papeles que le entregaron y dijo que estaban en regla, pero alguien le insistió en que era el rey y que eso de dejarle escapar, como que nanay. A la espera de que se aclarara el asunto, aquella autoridad invitó a la familia real a alojarse en su casa, que ya no eran horas aquellas y esa gente tendría hambre, pensó. En paralelo, llamó a un vecino mayor del lugar que había estado en Versalles y conocía al rey. Y claro, fue ver allí a Luis XVI dándole al queso a dos carrillos, y aquel vecino arrodillarse ante él. Le rúa, le rúa, sé le ruá, chilló, y Luis XVI, para París. Caminito de la guillotina.

Esas cosas que pasan.

Pues eso, que cuidado que os reconozcan según qué momento.

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