La muerte de Ricardo Corazón de León

¡Ay, las protecciones, qué importantes son! Ir siempre protegidos allá donde vayamos, donde hagamos lo que sea, pero siempre, siempre protegidos. Que luego pasan las cosas y nos acordamos de Santa Bárbara cuando ya ha retumbado el trueno.

Lo que le pasó a Ricardo I de Inglaterra, alias Corazón de León, es que tal día como hoy de 1199 abrió las puertas a la muerte, que se lo llevó por delante un par de semanas después. Así, sin más. ¿Y por qué? Por no llevar la cota de malla, esa que no se quitaba ni para comer ni tampoco para mear. Casi me atrevería a decir que ni siquiera se la quitaba cuando el goce le llamaba a dar lo mejor de sí mismo, que nunca se sabe —y menos en aquella época— con quién acababas en la cama. ¿Qué le paso al susodicho? Vamos con ello. Que agradable no fue, ya lo adelanto. Y no se trata de destripar —para los ingleses y modernos de ahora, spoiler—, sino de avisar. Por si tenéis algo mejor que hacer en lugar de leer estas líneas.

Atardecer del 25 de marzo de 1199, como decía. Andaba Ricardo guerreando en Francia contra los barones limusinos —antigua región francesa, no coches grandes. Por aclarar— y poitevinos —de Poitiers. Por aclarar también—, asediando el castillo de Châlus-Chabrol, cuyo dueño era el conde Aimar de Limoges. Ya sabéis: pedradas a diestro y siniestro, ballesteros arreando a los que subían por las escalas, barreños de agua o grasa hirviendo —nada de aceite, que costaba un huevo y parte del otro. Como para arrojarlo sobre los enemigos—, para escaldar a los que arreaban a la puerta con un ariete. Y Ricardo, en primera fila de semejante zapatiesta.

Con el final del día, puesta del sol y llegada de la oscuridad, se postergaba buena parte de las hostilidades hasta el día siguiente, que había que descansar, recuperar fuerzas, etcétera. Y va el tonto, porque sólo se le puede calificar así, y se pone a dar una vuelta por los alrededores de la muralla; a ver cómo está el patio, por dónde podemos tocar las narices a los del castillo y todo eso. Ojo al detalle: sin cota de malla. Que he estado en las Cruzadas, que he luchado contra infieles, que soy fiero de narices. Con un par.

Paseando por los alrededores del castillo, digo, repara en que sólo hay un vigilante. Él solito, vigilando la muralla. Un cuadro. Eso pensó Ricardo. El tipo atisbó a alguien merodeando la muralla y le disparó. Plas; flecha que alcanza a Ricardo en el hombro izquierdo. La protección, la cota de malla. ¿Recordáis? Bien.

¿Y qué hizo Ricardo? Dicen algunas crónicas —como siempre, estos asuntos hay que tratarlos con la prudencia necesaria—, que se acercó a la almena y se puso a aplaudir al de la muralla. Que a ver si aprendes a disparar bien, cenutrio, que eres un cenutrio; que tienes menos puntería que Vinicius —para los no entendidos, jugador del Real Madrid—. ¡Una herida en el hombro! ¡A él, que había combatido a los infieles en Tierra Santa y tal!

Y pasó lo que tuvo que pasar, que la madera de la flecha se rompió y la punta se quedó dentro, así que hubo que sacársela. Eso, a comienzos del siglo XIII, que de higiene la cosa iba justita, de anestesia menos y de desinfectante tres cuartos de lo mismo. Total, que la herida se infectó y se gangrenó, y en menos de dos semanas —el día 6 de abril— Ricardo la palmó. Todo por ir por ahí sin protección. Y no pasan más cosas porque no tienen que pasar.

 

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