Vida del emperador Carlos V día a día: 26 de diciembre

Ya dije hace un tiempo que, salvo circunstancias muy excepcionales —lo del sitio de Metz en 1552, por ejemplo. Aquello acabó para él como el rosario de la aurora—, el emperador —y rey de las Españas, que no se me cabree nadie luego— solía pasar tranquilo estas fechas tan señaladas, que decía uno que le siguió mucho después en eso de reinar. Sin meterse en jaleos. Cuando estaba casado, en familia; y después de enviudar, dejándose de hostialidades y esas cosas a las que tan dado era. Así que, por ejemplo, el 26 de diciembre de 1528 se encontraba en Toledo en compañía de su amada esposa, Isabel —que guapa era un rato—, y de su churumbel, Felipe.

Una ciudad que está muy unida a la vida del emperador, y por eso puede presumir de ser la segunda ciudad española donde más tiempo permaneció en sus distintas estancias en España —la líder en eso es Valladolid—, con un total de 777 días; que se le sublevó unos años antes, como Castilla entera, con María Pacheco, esposa de Juan de Padilla, a la cabeza del levantamiento. Es más, Toledo fue la última de las ciudades castellanas en claudicar ante el emperador, pues aguantó como gato panza arriba con aquella mujer a la que apodaban bien “la centella de fuego”, bien “la leona de Castilla”, a la cabeza hasta que se firmó el llamado Armisticio de Sisla, por el que se concedió a los toledanos unas condiciones de rendición más que aceptables; donde firmó sus capitulaciones matrimoniales con su amada Isabel el 24 de octubre de 1525; y donde su corazón se rompió para siempre, pues fue once años después, en mayo de 1539, el lugar desde el que su amada se marchó para el otro barrio quedándose el emperador muerto en vida. Era tanto el amor que se profesaban, tanto lo que se querían, que bien podían decirse a la cara mirándose a los ojos aquellos versos que escribió un poeta al que le dio por acompañarle en eso de liarse a hostialidades con quien fuera, y que dicen:

«por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero»

Una vez Isabel pasó a mejor vida —al menos hasta que alguien vuelva de allí y nos cuente si lo es o no—, el emperador sólo regresó a Toledo entre diciembre de 1541 y enero de 1542. Tras esa última visita, y en lo que a Toledo y Carlos V respecta, el llano en llamas, que escribió Juan Rulfo.

Por cierto, aquel poeta al que me he referido antes nació allí, en Toledo, y se llamaba Garcilaso de la Vega. Por apuntarlo.

 

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