Baldomera Larra

Este es un país de avispados. Y de avispadas, para que no se me mosquee nadie. Que aquí, en lo tocante a ganarse los garbanzos, cada cual hace lo que puede. Y luego, que salga el sol por Antequera. Y lo mismo da poner la reputación de la familia, y no digamos su apellido, a la altura de los caballos. 

Un apellido como Larra, por ejemplo. 

¿Quién ha podido ser capaz de arrastrar el apellido de don Mariano como si fuera una alfombra?, te estarás preguntando. Su hija Baldomera, considerada la precursora de la estafa piramidal en nuestro país. 

Baldomera Larra era la tercera hija del escritor, y allá por 1870 su marido la dejó con una mano delante y otra detrás. Parece ser que el colega era médico real, pero con la llegada de la restauración y con ella Alfonso XII dónde vas triste de ti se largó para Cuba. Que ahí te quedas, que yo no sigo aquí con este percal, le vino a decir. Pues eso, con una mano delante y otra detrás.

Llegados a este punto es donde leyenda y realidad se mezclan, lo que dificulta saber qué tiene base real —o sea, las liadas que pudo montar la tal Baldomera— y qué no. Se sabe —esto sí que sí— que tiró de ingenio para ganarse los garbanzos, por lo que un día decidió pedir prestada una onza de oro a una vecina con la promesa de devolverle dos al siguiente.

Y se las devolvió.

La peña del vecindario se enteró de que Baldomera te daba dos onzas de oro en nada a cambio de que le prestaras una, y claro, la colega vio la luz a sabiendas de que estaba timando a la peña como una campeona. Se cree que llegó a juntar 22 millones de reales de la época —un pastizal— con este método hasta que vio asomar las orejas al lobo y se piró de Madrid en 1876. En su casa, los acreedores encontraron unos cuantos miles de reales —migajas— para que se los repartieran; lo que les hizo una gracia del copón, como te puedes imaginar.

Años más tarde, la encontraron en Francia, la trajeron para acá como está mandado, fue condenada junto con su administrador y acabó en el talego. Pero entre que aquel tipo recurrió la sentencia —y ganó–  y que muchos de los acreedores se apiadaron de ella, tardó menos y nada en poner las patitas en la calle para desaparecer sin dejar rastro.

Vamos, que Baldomera sí que no volvió mañana, como dejó escrito su padre en algún que otro artículo.

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