Ese Duque de Lerma

Hoy, en ‘Citius, Altius, fortius’, crónica de un expolio anunciado, radiografía de un perfecto sinvergüenza, de un país que nunca cambia, que será así pase el tiempo que pase pues así también son los suyos. La picaresca, al poder, y nunca mejor dicho, cuando quien anda de por medio es Francisco de Rojas y Sandoval, Duque de Lerma. Un tipo que se refugió en el clero para protegerse de las acusaciones de desvío del dinero de las arcas reales a su bolsillo —nada nuevo bajo el sol—, y precursor del pelotazo inmobiliario. El suyo, de los de orejas, rabo y ovación y vuelta al ruedo: el traslado de la Corte de Felipe III —si, toda la corte, con todos sus cortesanos, que eran legión— de Madrid a Valladolid tal que hoy hace 417 años.

Francisco de Rojas, Duque de Lerma¿Qué cómo le convenció? En esta entrada del blog tenéis lo que pudo ser el momento: ese Felipe III dubitativo, dando vueltas por su despacho, en Madrid, mientras el otro, que era su Valido —quien realmente gobernaba, hacía y deshacía a su antojo. El rey, a su caza, paseos, etcétera—, aguardaba expectante una decisión que le iba a proporcionar importantes réditos.

Del De Lerma se decía que era arrogante y avaricioso hasta decir basta y que su cabeza siempre estaba dándole vueltas a la mejor manera de sacar tajada de todo lo que se movía a su alrededor. Metía la mano en las arcas reales, vendía cargos o favores públicos… Hasta que vio el cielo abierto con un golpe de mano que le haría el más rico de entre los ricos: trasladar la Corte de Madrid, donde ya estaba establecida, a Valladolid; ciudad donde, previamente, tanto él como su red clientelar se encargaron de comprar terrenos y palacios para vendérselos a la Corona una vez decidido el traslado. Y a precio de cojón de pato, como es menester. Eso, en 1601.

La consecuencia, evidente: los precios subieron como la espuma en Valladolid —terrenos, casas, la vida en general— a la vez que se desplomaban en Madrid. Y el Duque, maquinando la siguiente. ¿Y cuál fue la siguiente? ¡Bingo! Repitió la jugada, pero ahora en la que fue capital de imperio. Inmensas posesiones, una red inmobiliaria a precios irrisorios presta a esperar el momento del regreso de la Corte. Lo que ocurrió seis años después. Que si Valladolid no era para tanto y dónde mejor que en Madrid, majestad, y tal.

En consecuencia, normal que se refugiara en la Iglesia, a la que solicitó el capelo cardenalicio —maniobra que le permitió el mismo Felipe III— para curarse en salud. En 1618, y por consejo del monarca, Francisco de Rojas y Sandoval se retiró de la vida pública. Podrido de dinero y sin que nadie osara a tocarle un pelo. Cosas de este país.

 

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